El beso de Magritte

el beso de magritte

Con sus dedos finos sujetaba las barras de pastel ultramar, rubí, blanco y negro, los cuales había apartado de la caja Rembrandt. Me manchaba con ellas como cuando se pintaba Ella los labios, y después me frotaba con las yemas de los dedos hacia arriba y hacia abajo, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y en movimientos circulares. Aquella tarde calurosa de verano, el único entretenimiento de Él era verla a Ella sentada en un taburete en frente de mí. Él adoraba los pies descalzos de Ella apoyados sobre el parqué y sus piernas firmes bajo la falda blanca de flores coloridas. Idolatraba el vientre plano de Ella que quedaba al descubierto debajo del nudo de la camisa tejana. Amaba su expresión concentrada y su regocijo mientras pintaba. “¿Qué tal va quedando?” Preguntó Ella apartándose un poco de mí. “Pues, me parece que les faltan un par de ojos y una nariz a cada uno,” respondió Él y cogió un lápiz y una hoja blanca en la que pintó dos óvalos que se tocaban, y dos circunferencias y un triángulo en cada uno de los óvalos. “¿Ves? Así,” dijo muy serio aunque Ella se reía. Y como Él no paraba, Ella se le echó encima con las manos en alto para no mancharle de pintura y le besó los labios. De nuevo se olvidaron de mí.

“El beso de Magritte”

T.A.

(Pintura por T.A.)

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